Ámbar natural: cómo distinguirlo del de plástico
El ámbar tardó millones de años en formarse. La imitación, dos minutos. Así se nota la diferencia.
El ámbar no es una piedra: es resina de árbol que se fosilizó. El de Chiapas, que es el que tenemos en la tienda, tiene entre 22 y 26 millones de años. Por eso no hay dos iguales, y por eso hay tanta imitación en plástico y en vidrio.
Flota en agua con sal
Es la prueba definitiva y no daña nada. Disuelve dos cucharadas grandes de sal en un vaso de agua tibia y mete la piedra: el ámbar natural flota o se queda a media agua; el plástico y el vidrio se van al fondo.
Funciona con la piedra suelta. Si ya está montada en plata, el metal la hunde y la prueba no sirve.
La electricidad estática
Frota el ámbar contra lana o contra tu ropa unos veinte segundos y acércalo a pedacitos de papel: los levanta. De hecho la palabra electricidad viene del griego élektron, que quiere decir ámbar, justo por esto.
Al tacto y al peso
El ámbar se siente tibio casi de inmediato y pesa poquísimo. El vidrio se siente frío y pesado, y tarda en calentarse. Esa diferencia se nota en la mano sin necesidad de nada más.
Luz negra
Bajo luz ultravioleta el ámbar natural responde con un brillo azuloso o verdoso. El plástico casi siempre se queda apagado. Una lámpara UV barata alcanza para ver la diferencia.
Lo que hay adentro
El ámbar de verdad trae burbujas irregulares, grietas internas y a veces restos de plantas o insectos, siempre desordenados. Si la inclusión está perfectamente centrada y el insecto se ve completito y acomodado, sospecha: así se hacen las imitaciones caras.
La prueba que sí daña
Una aguja al rojo vivo sobre el ámbar huele a resina de pino; sobre el plástico huele a plástico quemado. Deja una marca, así que si de plano la vas a hacer, hazla en un punto escondido —y mejor pídesela al vendedor, no a la pieza que ya compraste.

